El sueño

El sueño

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Pasaron algunos días. Angélique rompía agujas de la mañana a la tarde, de lo duro que resultaba coser el oro a través del espesor de los hilos encerados. Parecía totalmente absorta por aquella dura tarea, en cuerpo y alma, hasta el punto de no pensar. A las nueve se caía de cansancio, se acostaba y dormía con un sueño de plomo. Cuando el trabajo le dejaba la cabeza libre un instante, se sorprendía de no ver aparecer a Félicien. Si ella no hacía nada por reunirse con él, pensaba que él hubiera debido salvar todos los obstáculos para estar junto a ella. Pero aprobaba que se mostrase tan prudente y le habría regañado si hubiese querido apresurar las cosas. Sin duda él también esperaba el prodigio. Era la única espera que ahora le hacía vivir, anhelando cada noche que sucediera al día siguiente. Hasta entonces no había manifestado ninguna rebeldía. A veces, sin embargo, levantaba la cabeza: ¿qué?, ¿todavía nada?, y clavaba la aguja con tanta fuerza que sus manitas sangraban. A menudo, debía sacarla con las pinzas. Cuando la aguja se rompía, con el golpe seco del vidrio que se quiebra, ni siquiera hacía un gesto de impaciencia.





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