El sueño

El sueño

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Al día siguiente Angélique se despertó totalmente confusa. Transcurrieron más noches sin aportarle una resolución. Sólo recobraba la tranquilidad en la certeza de ser amada. Ésta seguía siendo inquebrantable y en ella descansaba divinamente. Si la amaba, podía esperar, lo soportaría todo. Había vuelto a sufrir crisis de caridad y se conmovía ante los menores sufrimientos, con los ojos llenos de lágrimas siempre a punto de brotar. El tío Mascart conseguía que le entregase tabaco, los Chouteau obtenían de ella hasta mermelada. Pero eran sobre todo las Lemballeuse quienes se aprovechaban de la ocasión e incluso habían visto a Tiennette bailar en las fiestas llevando un vestido de la buena señorita. Y he aquí que un día, cuando Angélique llevaba a la madre Lemballeuse unas camisas que le había prometido la víspera, vio de lejos, en casa de las mendigas, a la señora de Voincourt y a su hija Claire, acompañadas de Félicien. Éste, sin duda, las había llevado allí. Ella no se mostró y regresó con el corazón helado. Dos días más tarde, vio entrar a los tres en casa de los Chouteau; y, una mañana, el tío Mascart le informó de una visita del hermoso joven con dos damas. Entonces, abandonó a sus pobres, que ya no eran suyos, puesto que después de habérselos quitado, Félicien los entregaba a aquellas mujeres; dejó de salir, temerosa de volver a encontrarlos, de recibir en el corazón la herida cuyo dolor era cada vez más profundo; y sentía que algo moría en ella, que su vida se le iba gota a gota.


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