El sueño
El sueño Primero, apeló a su orgullo: ¡mejor si él ya no la amaba!, porque era demasiado orgullosa para seguir amándole. Y se engañaba a sí misma, fingía que se sentía liberada, que canturreaba con despreocupación, mientras bordaba el escudo de armas de los Hautecoeur en el que se había puesto a trabajar. Pero su corazón se hinchaba hasta ahogarla, sentía la vergüenza de confesarse que era lo bastante cobarde como para seguir amándole, para amarle cada vez más. Durante una semana, el escudo de armas que nacía hilo a hilo bajo sus dedos la llenó de una terrible tristeza. Cuartelado, uno y cuatro, dos y tres, de Jerusalén y de Hautecoeur; de Jerusalén, que es de plata con cruz potenzada de oro, cantonada de cuatro crucecitas del mismo metal; de Hautecoeur, que es de azur, con una fortaleza de oro y un escusón de sable con corazón de plata en el abismo, todo ello acompañado de tres flores de lis de oro, dos en el jefe y una en la punta. Los esmaltes estaban hechos de cordoncillo, los metales, de hilo de oro y de plata. ¡Qué miseria sentir temblar su mano, bajar la cabeza para ocultar los ojos que el brillo de aquel escudo de armas cegaba de lágrimas! Sólo pensaba en él, le adoraba en el resplandor de su nobleza legendaria. Y cuando bordó la divisa: Si Dios quiere, yo quiero, en seda negra sobre una banderola de plata, entendió que era su esclava, que nunca más se recuperaría: sus lloros le impedían ver, mientras seguía hincando la aguja mecánicamente.