El sueño
El sueño Lo que ocurrió entonces fue penoso, Angélique amó como una desesperada y se debatió en aquel amor sin esperanza al que no podía matar. En todo momento quería correr hacia Félicien, reconquistarle echándose a su cuello; y, como siempre, la lucha se reanudaba. A veces, creía haber vencido, se hacía un gran silencio en ella, le parecía verse a sí misma como habría visto a una extraña, fría, arrodillada, como una hija obediente en la humildad de la renuncia: ya no era ella, era la hija sensata en que se estaba convirtiendo, que el medio y la educación habían hecho. Después, una ola de sangre le subía a la cabeza, la aturdía; su buena salud, su ardiente juventud galopaban como caballos desbocados; y volvía a encontrarse con su orgullo y su pasión, entregada por entero a la violenta incógnita de su origen. ¿Por qué había de obedecer? No había deber, sólo existía el libre deseo. Ya disponía la huida y calculaba la hora favorable para forzar la verja del jardín del Obispado. Pero también la angustia volvía ya, un malestar sordo, el tormento de la duda. Si cedía al mal, sentiría un remordimiento eterno. Así transcurrían horas y horas, unas horas abominables, en medio de aquella incertidumbre sobre el partido que debía tomar, bajo aquel viento de tempestad que la arrojaba sin cesar de la rebeldía de su amor al horror de su falta. Y salía debilitada de cada victoria sobre su corazón.