El sueño

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Una tarde, en el momento de dejar la casa para ir a reunirse con Félicien, en el desamparo en el que se veía por no encontrar la fuerza suficiente para resistir a su pasión, pensó bruscamente en su cartilla de niña asistida. La cogió del fondo del cofre, la hojeó y se avergonzó en cada página por la bajeza de su nacimiento, hambrienta de un ardiente menester de humildad. ¡Padre y madre desconocidos, sin nombre, nada más que una fecha y un número, el abandono de la planta silvestre que crece al borde del camino! Y los recuerdos surgían en tropel, las fértiles praderas del Nièvre, los animales que había cuidado allí, la carretera llana de Soulanges por la que caminaba descalza, mamá Nini que le daba bofetadas cuando robaba manzanas. Algunas páginas despertaban especialmente su memoria, aquéllas que reflejaban, cada tres meses, las visitas del subinspector y del médico con sus firmas respectivas, acompañadas a veces de observaciones e informaciones: una enfermedad de la que había estado a punto de morir, una reclamación de su nodriza a propósito de unos zapatos quemados, las malas notas por su carácter indomable. Era el diario de su miseria. Pero una parte terminó por hacerla llorar, el atestado que certificaba la ruptura del collar que había guardado hasta la edad de seis años. Se acordaba de haberlo detestado instintivamente, aquel collar hecho con huesos de aceituna ensartados en una trencilla de seda y que cerraba una medalla de plata en la que se indicaba la fecha de su ingreso y su número. Ella lo consideraba un collar de esclavo y lo hubiera roto con sus manitas si no hubiese sentido terror por las consecuencias. Luego, con la edad, se había quejado de que la ahogaba. Pero se lo dejaron durante un año más. Por eso, ¡qué alegría cuando el subinspector cortó la trencilla, en presencia del alcalde del municipio, sustituyendo aquel signo de individualidad por una descripción formal en la que ya constaban sus ojos de color violeta y sus cabellos dorados! Sin embargo, lo seguía sintiendo en su cuello, aquel collar de animal doméstico al que se marca para reconocerlo: seguía en su carne, la asfixiaba. Ese día, al llegar a aquella página, la humildad volvió, terrible, y le hizo subir a su habitación sollozando, indigna de ser amada. La cartilla la salvó otras dos veces. Después, incluso la cartilla perdió su fuerza contra sus rebeldías.


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