El sueño
El sueño Aquella mañana, al entrar en la iglesia, Angélique se encontró de nuevo bajo la puerta de santa Inés. Durante la semana se había producido un falso deshielo y luego había vuelto el frío, tan intenso que la nieve de las esculturas, medio derretida, se había helado en una floración de racimos y agujas. Ahora, todo era un gran pedazo de hielo, desde los vestidos transparentes a los encajes de cristal que cubrían a las vírgenes. Dorotea sostenía una antorcha, cuyas límpidas gotas le caían de las manos; Cecilia llevaba una corona de plata de la que manaban perlas vivientes; Águeda, sobre su garganta que laceraban las tenazas, estaba acorazada con una armadura de cristal. Y las escenas del tímpano, las pequeñas vírgenes de las arquivoltas, parecían estar así desde hacía siglos, tras los cristales y las gemas de una gigantesca montura. Inés, por su parte, arrastraba un manto de corte, hilado con luz, bordado de estrellas. Su cordero tenía un vellocino de diamantes y su palma había adquirido el color del cielo. La portada entera resplandecía en la pureza del gran frío.
Angélique recordó la noche que había pasado allí, bajo la protección de las vírgenes. Levantó la cabeza y les sonrió.