El sueño
El sueño En efecto, la languidez agotaba a Angélique desde que ya no se creía amada por Félicien. Llevaba la herida en el costado, moría por ella un poco cada hora, discretamente, sin una queja. Primero, eso se había traducido en desfallecimientos: un ahogo se apoderaba de ella, debía soltar el hilo, permanecía un instante con los ojos pálidos perdidos en el vacío. Además, había dejado de comer, apenas unos sorbos de leche; escondía el pan y lo echaba a las gallinas de las vecinas para no causar inquietud a sus padres. Llamaron a un médico que, al no descubrir nada, lo achacó a la vida demasiado enclaustrada que llevaba y se contentó con recomendarle ejercicio. Era un desvanecimiento de todo su ser, una lenta desaparición. Su cuerpo flotaba como en el balanceo de dos grandes alas; de su rostro adelgazado en el que ardía el alma parecía salir una luz. Y había llegado al extremo de no bajar de su habitación si no era apoyándose con las dos manos en las paredes de la escalera y titubeando. Pero se obstinaba, se hacía la valiente en cuanto advertía que la miraban; quería, a pesar de todo, terminar el panel de oro bordado para la silla de Monseñor. Sus manos pequeñas y largas ya no tenían fuerza y, cuando rompía una aguja, ya no podía sacarla con las pinzas.