El sueño

El sueño

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Una mañana en que Hubert y Hubertine se habían visto obligados a salir y la habían dejado sola trabajando, al regresar el primero, el bordador la encontró tendida en el suelo después de resbalar de su silla desvanecida, desplomada ante el bastidor. Sucumbía en la tarea: uno de los grandes ángeles de oro seguía sin terminar. Consternado, Hubert la cogió en sus brazos y se esforzó por ponerla en pie Pero ella volvía a caerse, no salía de aquella nada.

—Hija mía, hija mía… Contéstame, por Dios…

Por fin, abrió los ojos y le miró con desconsuelo. ¿Por qué la quería viva? ¡Si ella sería tan feliz estando muerta!

—¿Qué te pasa, hija mía? Entonces, ¿nos has engañado? ¿Le sigues queriendo?

Ella no contestaba y le miraba con una inmensa tristeza. Entonces con un abrazo desesperado, la levantó, la subió a su habitación y, después de depositarla sobre la cama, tan blanca, tan debilitada, lloró por la cruel tarea que había realizado sin querer al apartarla de aquel al que amaba.

—¡Yo te lo habría dado! ¿Por qué no me dijiste nada?


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