El sueño
El sueño Pero ella no habló; sus párpados se volvieron a cerrar y pareció que se dormía otra vez. Él había permanecido de pie, con los ojos sobre su rostro delgado de azucena, el corazón desangrándose de compasión. Luego, como ella respiraba suavemente, bajo al oír regresar a su mujer.
Abajo, en el taller, le dio las explicaciones oportunas. Hubertine acababa de quitarse el sombrero y él le contó inmediatamente como había recogido allí a la muchacha, que dormitaba en su cama, herida de muerte.
—Nos hemos equivocado. Sigue pensando en ese muchacho y por eso se nos muere… ¡Ah! ¡Si supieras el golpe que he recibido, el remordimiento que me desgarra desde que he comprendido y desde que la he subido ahí arriba en un estado tan lamentable! Es culpa nuestra, les hemos separado con mentiras… ¿Qué? ¡La dejaras sufrir no dirás nada para salvarla!
Hubertine, como Angélique, callaba y le miraba con su aspecto de gran sensatez, completamente pálida por la pena. Y él, el apasionado que aquella dolorosa pasión sacaba de su habitual sumisión, no se tranquilizaba, agitaba sus manos enfebrecidas.