El sueño

El sueño

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Hubert había palidecido; un intenso frío se llevaba su fiebre. Cierto que la conocía, la tumba de la madre obstinada, a donde habían ido tantas veces a llorar y a someterse, acusándose de su desobediencia para que la muerta les concediera su gracia desde el fondo de la tierra. Y allí permanecían durante horas, seguros de que sentirían florecer en ellos esa gracia, si alguna vez les era concedida. Lo que pedían, lo que esperaban, era un hijo, el hijo del perdón, la única señal por la que se habrían sentido por fin perdonados. Pero nada había sucedido; la madre fría y sorda los mantenía bajo el inexorable castigo, la muerte de su primer hijo, al que se había llevado con ella y que se negaba a devolverles.

—He rezado durante mucho tiempo —repitió Hubertine—, escuchaba por si algo se movía…

Hubert la interrogaba ansiosamente con la mirada.

—Y nada, ¡no!, nada ha subido de la tierra, nada ha vibrado en mí. ¡Ay! Todo ha terminado, es demasiado tarde, hemos querido nuestra desgracia.

Entonces, temblando, él preguntó:

—¿Me acusas?

—Sí, tú eres el culpable, aunque yo también cometí la falta de seguirte… Desobedecimos, toda nuestra vida se ha echado a perder por eso.

—¿Y no eres feliz?


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