El sueño
El sueño —No, no soy feliz… Una mujer que no tiene hijos no es feliz… Amar no es nada. El amor tiene que ser bendecido.
Se dejó caer en una silla, agotado, con los ojos anegados de lágrimas. Nunca le había reprochado de aquella manera la llaga viva de su existencia; y ella, que se arrepentía tan pronto y le consolaba cuando le había herido con una alusión involuntaria, esa vez le veía sufrir, todavía de pie, sin un gesto, sin dar un paso hacia él. Hubert lloró y gritó en medio de sus llantos:
—¡Ah! Mi querida hija, que está ahí arriba. Es ella a quien condenas… No quieres que se case con ella como yo me casé contigo, y que sufra lo que tú has sufrido.
Contestó con un movimiento de la cabeza únicamente, con toda la fuerza y la sencillez de su corazón.
—Pero lo decías tú misma; nuestra pobre hijita morirá… Entonces, ¿quieres su muerte?
—Sí, su muerte antes que una vida desdichada.
Se volvió a levantar, tembloroso, se refugió en sus brazos y los dos sollozaron. Durante un buen rato siguieron abrazados. Él se sometía; ella debía apoyarse ahora en su hombro para recuperar el valor suficiente. Salieron, desesperados y resueltos, encerrados en un silencio profundo y desgarrador, al final del cual, si Dios lo quería, estaba la muerte consentida de la muchacha.