El sueño
El sueño A partir de aquel día, Angélique tuvo que permanecer en su habitación. Su debilidad era tal que no podía bajar al taller: en seguida le daba vueltas la cabeza y las piernas le flaqueaban. Al principio, caminaba: se trasladaba hasta el balcón apoyándose en los muebles. Después, tuvo que contentarse con ir de la cama al sillón. El recorrido era largo y sólo se arriesgaba a hacerlo por la mañana y por la tarde, agotada. Sin embargo, seguía trabajando; abandonó el bordado en bajorrelieve, demasiado duro, y bordaba flores con sedas matizadas; las bordaba del natural, un ramo de flores sin perfume, que la dejaban tranquila, hortensias y malvarrosas. El ramo florecía en un jarrón y a menudo Angélique descansaba durante un buen rato mirándolo, porque la seda, tan ligera, resultaba pesada para sus dedos. En dos días, sólo había hecho una rosa, fresca, resplandeciente sobre el raso; pero era su vida; sujetaría la aguja la aguja hasta el último aliento. Fundida por el sufrimiento, todavía más delgada, ya no era más que una llama pura y hermosísima.
¿Para qué seguir luchando, puesto que Félicien no la amaba? Ahora, moría con esa convicción: él no la amaba, quizá no la había amado nunca. Mientras había tenido fuerzas, había luchado contra su corazón, su salud, su juventud, que la impulsaban a correr a reunirse con él. Desde que estaba clavada allí, debía resignarse; todo había terminado.