El sueño

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Capítulo XII

Aquella noche Angélique no pudo dormir. El insomnio la mantenía con los párpados ardientes en la extrema debilidad en que se encontraba; y, como los Hubert se habían acostado y pronto iban a dar las doce, prefirió levantarse, a pesar del inmenso esfuerzo que eso suponía, temiendo morir si seguía en la cama por más tiempo.

Se ahogaba; se puso una bata y se arrastró hasta la ventana, que abrió de par en par. El invierno era lluvioso, con una suavidad húmeda. Luego, se dejó caer en su sillón, después de haber reavivado ante ella, sobre la mesita, la mecha de la lámpara que dejaban encendida durante toda la noche. Allí, junto al volumen de la Leyenda dorada, estaba el ramo de malvarrosas y de hortensias que estaba copiando. Y, para volver a la vida, sintió el deseo de trabajar; atrajo hacia sí el bastidor y dio algunas puntadas con sus manos extraviadas. La seda roja de una rosa sangraba entre sus dedos blancos, como si fuese la sangre de sus venas que acabara de derramarse gota a gota.





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