El sueño

El sueño

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Por fin, se oyó un ruido. En el balcón, apareció Félicien, tembloroso, adelgazado como ella. Su rostro estaba demudado; se abalanzó en la habitación cuando la vio hundida de aquel modo en el fondo del sillón, tan digna de compasión y tan hermosa. Un dolor infinito le oprimió el corazón, se arrodilló y se abismó en una contemplación desconsolada. Entonces, ¿ya no era ella? ¿La había destruido el mal, puesto que le parecía que ya no pesaba y que se había tendido allí como una pluma que el viento iba a llevarse otra vez? En su sueño claro, se adivinaba el sufrimiento y la resignación. Sólo la reconocía por su gracia de azucena, la esbeltez de su cuello delicado sobre los hombros caídos y su rostro largo y transfigurado de virgen que vuela hacia el cielo. Los cabellos ya no eran más que luz; el alma de nieve resplandecía bajo la seda transparente de la piel. Tenía la hermosura de las santas liberadas de su cuerpo, lo que le deslumbró y le desesperó, en un sobrecogimiento que le inmovilizaba, con las manos unidas. Ella no se despertaba y él la seguía contemplando.

Un leve soplo de los labios de Félicien debió pasar por el rostro de Angélique. De repente, abrió unos ojos muy grandes. No se movía, le miraba a su vez con una sonrisa, como en un sueño. Era él, le reconocía, aunque había cambiado. Pero ella creía que seguía durmiendo, porque a veces le veía así mientras dormía, lo que al despertar agravaba su pena.


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