El sueño
El sueño
Un furioso desprecio la había puesto en pie. Ya no sentía su mal, recobraba sus fuerzas en aquel despertar de su pasión y de su orgullo. ¡Creer que su sueño había muerto y de repente volver a encontrarlo vivo y resplandeciente! ¡Decirse que no habían desmerecido de su amor, que los culpables eran los demás! Ese engrandecimiento de sí misma, ese triunfo al fin cierto la exaltaban, la empujaban a una rebeldía suprema.
—¡Vamos, marchémonos! —dijo simplemente.
Y caminaba por la habitación, vacilando, con toda su energía y su voluntad. Ya elegía un abrigo para cubrirse los hombros. Un encaje sobre su cabeza bastaría.
Félicien había lanzado un grito de felicidad, porque ella se adelantaba a sus deseos; él sólo pensaba en esa fuga sin encontrar la audacia suficiente para proponérsela. ¡Oh! ¡Marcharse juntos, desaparecer, poner término a todas las dificultades, a todos los obstáculos! ¡Y eso inmediatamente, evitando el combate de la reflexión!
—Sí, marchémonos inmediatamente, alma querida. Yo venía a tomarla; sé dónde conseguir un coche. Antes de que se haga de día estaremos lejos, tan lejos que nunca nos podrá alcanzar nadie.