El sueño
El sueño Temblorosa, ella sonreía ahora con orgulloso placer, luchando contra un mal que volvía, la invadía y borraba la sonrisa de su boca dolorosa. Y, cuando apartaba las visiones tentadoras con su gesto mecánico, él redobló de ardor e intentó cogerla, hacerla suya, entre sus brazos enfebrecidos.
—¡Oh! Venga conmigo, sea mía… Huyamos, olvidemos todo en nuestra felicidad.
Ella se separó bruscamente con una rebelión instintiva; y, puesta en pie, estas palabras brotaron de sus labios:
—¡No, no, no puedo, ya no puedo!
Sin embargo, se lamentaba, destrozada todavía por el intenso combate, dudando, tartamudeando:
—Se lo ruego, sea bueno, no me apremie, espere… Me gustaría tanto obedecerle para demostrarle que le amo, irme de su brazo a esas hermosas tierras lejanas, habitar juntos como reyes el castillo de sus sueños. Me parecía todo tan fácil, había repetido tantas veces el plan de nuestra fuga… Y ¿qué le voy a decir? Ahora me parece imposible. Es como si, de repente, la puerta se hubiera tapiado y no pudiera salir.
Él quiso aturdirla de nuevo, pero ella le hizo callar con un gesto: