El sueño
El sueño —No, no hable más… ¡Qué curioso! A medida que me dice cosas tan dulces, tan tiernas que debieran convencerme, el miedo se apodera de mí, el frío me hiela… ¡Dios mío! ¿Qué me ocurre? Son sus propias palabras las que me separan de usted. Si continúa, no voy a poder escucharle más; tendrá que marcharse… Espere, espere un poco.
Caminaba lentamente por la habitación, intentando recuperarse, mientras él, inmóvil, se desesperaba.
—Creí que ya no le quería, pero seguramente sólo era despecho, puesto que hace un momento, cuando le he visto a mis pies, mi corazón se ha sobresaltado y mi primer impulso ha sido seguirle como una esclava… Entonces, si le amo, ¿por qué me asusta usted? ¿Y quién me impide abandonar esta habitación, como si unas manos invisibles me sujetaran todo el cuerpo, por cada uno de los cabellos de mi cabeza?