El sueño
El sueño Se había detenido junto a la cama; volvió hacia el armario y caminó así hasta los otros muebles. Seguramente, unos lazos secretos los unían a su persona. Las paredes blancas sobre todo, la gran blancura del techo abuhardillado, la envolvían con un vestido de candor del que sólo se hubiera despojado con lágrimas. A partir de entonces todo esto formaba parte de su ser; el medio había entrado en ella. Y ella lo comprendió mejor cuando se vio enfrente del bastidor que había permanecido bajo la lámpara junto a la mesa. Su corazón se fundía al ver la rosa comenzada que ya no acabaría nunca si se marchaba de esa manera, como una delincuente. Los años de trabajo despertaban en su memoria, aquellos años tan tranquilos, tan felices, una costumbre tan dilatada de paz y de honradez que se sublevaba ante la idea de una falta. Cada día, la pequeña y fresca casa de los bordadores, la vida activa y pura que llevaba allí, apartada del mundo, habían reconstruido un poco de la sangre de sus venas.
Pero él, al verla reconquistada de esa manera por las cosas, sintió la necesidad de apresurar la marcha:
—Venga, se pasa la hora, pronto ya no habrá tiempo.
Entonces, se hizo la luz completamente y ella grito: