El sueño
El sueño Sonriendo, había levantado la mano en un gesto de profunda atención. Todo su ser estaba encantado en los soplos dispersos. Eran las vírgenes de la Leyenda que su imaginación evocaba como en su niñez y cuyo vuelo místico salía del viejo libro de imágenes ingenuas colocado encima de la mesa. Inés, la primera, vestida con sus cabellos, con el anillo de esponsales del sacerdote Paulino. Luego, todas las demás, Bárbara con su torre, Genoveva con sus corderos, Cecilia con su viola, Águeda con los pechos arrancados, Isabel mendigando por los caminos, Catalina triunfando de los doctores. Un milagro vuelve a Lucía tan pesada que mil hombres y cinco pares de bueyes no consiguen arrastrarla hasta un lugar infame. El gobernador que intenta besar a Anastasia se vuelve ciego. Y todas vuelan, en la noche clara, blanquísimas, con la garganta todavía abierta por el hierro de los suplicios, derramando, en vez de sangre, ríos de leche. Vuelven el aire cándido; las tinieblas se iluminan como por un centelleo de estrellas. ¡Ah! ¡Morir de amor como ellas, morir virgen, resplandeciendo de blancura, al primer beso del esposo!
Félicien se había aproximado:
—Yo existo, Angélique, y me rechaza usted por unos sueños…
—Sueños… —murmuró ella.