El sueño
El sueño En lugar del viejo sacerdote al que esperaban era monseñor quien entraba, monseñor con roquete[146] de encaje y la estola morada, llevando el recipiente de plata donde se hallaba el óleo de los enfermos bendecido por él mismo el Jueves Santo. Su mirada de águila permanecía fija y, bajo los espesos bucles de sus cabellos blancos, su hermoso y pálido semblante conservaba cierta majestad. Tras él, como un simple clérigo, caminaba el abad Cornille con un crucifijo en la mano y el ritual bajo el otro brazo.
De pie en la puerta durante un momento, el obispo dijo con voz grave:
—Pax huic domui.[147]
—Et omnibus habitantibus in ea[148]—respondió en voz más baja el sacerdote.
Cuando estuvieron dentro, Hubertine, que subía tras ellos, temblando ella también de sobrecogimiento, fue a arrodillarse junto a su marido. Uno y otro, prosternados, con las manos juntas, rezaron con toda su alma.