El sueño

El sueño

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Al día siguiente de su visita a Angélique, se había producido la terrible explicación entre Félicien y su padre. Aquel día, en cuanto amaneció, forzó las puertas y se hizo recibir en el mismo oratorio donde el obispo todavía estaba rezando después de una de esas noches de espantosa lucha contra el pasado que renacía. En aquel hijo respetuoso, inclinado hasta entonces por el temor, desbordaba la rebelión hasta entonces contenida; y el choque que opuso a aquellos dos hombres de la misma sangre propensa a la violencia fue rudo. El anciano, que había abandonado su reclinatorio, escuchaba con las mejillas súbitamente sonrojadas, callado, en una altiva obstinación. El muchacho, también con la llama en el rostro, vaciaba su corazón, hablando con una voz que se elevaba poco a poco, bramando. Hablaba de Angélique enferma, agonizante, contaba en qué crisis de cariño horrorizado había proyectado huir con ella, y cómo ella se había negado a seguirle, con la renuncia y la castidad de una santa. ¿No sería un homicidio dejarla morir, aquella muchacha obediente que sólo quería tenerle si se lo entregaba su padre? Cuando por fin podía tenerlo, a él, su título, su fortuna, había gritado que no y había luchado, victoriosa de sí misma. Él la amaba hasta la muerte y se menospreciaba por no estar a su lado para apagarse juntos con el mismo soplo. ¿Tendrían la crueldad de desear el fin miserable de los dos? ¡Ah! El orgullo del nombre, la gloria del dinero, el empecinamiento de la voluntad, ¿acaso pesaba todo eso cuando sólo se trataba de hacer felices a dos personas? Y juntaba y retorcía sus manos temblorosas, fuera de sí, exigía su consentimiento suplicando aún y empezando a amenazar ya. Pero el obispo sólo se decidió a abrir los labios para contestar con la palabra de su omnipotencia: ¡Jamás!


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