El sueño

El sueño

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Toda su boca no era más que un cáliz de inocencia, pues se trataba esta vez del perdón de las bajas satisfacciones del gusto, la gula, la sensualidad del vino y de la miel; el perdón, sobre todo, de los crímenes de la lengua, la culpable universal, la provocadora, la envenenadora, la que origina las querellas, las guerras, los errores, las palabras falsas que oscurecen el mismo cielo. Aunque la gula no había sido nunca su vicio, sino que había llegado al extremo, como Isabel, de alimentarse sin distinguir los alimentos. Si vivía en el error, era su sueño lo que la había conducido allí, la esperanza del más allá, el consuelo de lo invisible, todo ese mundo encantado que su ignorancia creaba y que hacía de ella una santa.

El abad, que le había limpiado la boca, plegó el copo de algodón en el cuarto cucurucho de papel blanco.

Finalmente, Monseñor, ungiendo las palmas de las dos manitas de marfil, vueltas hacia arriba sobre la sábana, primero la derecha y luego la izquierda, borró sus pecados con la señal de la cruz.

—Per istam sanctam unctionem, et suam piissimam misericordiam, indulgeat tibi Dominus quidquid per tactum deliquisti.


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