El sueño
El sueño —Per istam sanctam unctionem, et suam piissimam misericordiam, indulgeat tibi Dominus quidquid per odoratum deliquisti.
Y el olfato retornaba a la inocencia primera, limpio de toda mancha, no sólo de la vergüenza carnal de los perfumes, de la seducción de las flores de aromas demasiado dulces, de los olores esparcidos en el aire que adormecen el alma, sino también de los pecados del olfato interior, los malos ejemplos dados al prójimo, la peste contagiosa del escándalo. Si bien, recta, pura, había acabado siendo una azucena entre las azucenas, una gran azucena cuyo perfume fortalecía a los débiles y alegraba a los fuertes. Precisamente, era tan cándidamente delicada que nunca había podido tolerar los claveles ardientes, las lilas almizcladas, los jacintos febriles, a gusto sólo entre las floraciones tranquilas, las violetas y las primaveras de los bosques.
El abad limpió las aletas de la nariz y deslizó el copo de algodón en otro de los cucuruchos de papel blanco.
Luego, descendiendo a la boca cerrada, que apenas entreabría el leve soplo de la respiración, Monseñor marcó el labio inferior con la señal de la cruz.
—Per istam sanctam unctionem, et suam piissimam misericordiam, indulgeat tibi Dominus quidquid per gustum deliquisti.