El sueño
El sueño A continuación, monseñor ungió las orejas, los lóbulos transparentes como el nácar, el derecho, el izquierdo, apenas humedecidos con la señal de la cruz.
—Per istam sanctam unctionem, et suam piissimam misericordiam, indulgeat tibi Dominus quidquid per auditum deliquisti.
Y toda abominación del oÃdo quedaba redimida, todas las palabras, todas las músicas que corrompen, las maledicencias, las calumnias, las blasfemias, las conversaciones licenciosas escuchadas con agrado, las mentiras de amor que ayudan a derrotar el deber, los cantos profanos que exaltan la carne, los violines de las orquestas que lloran de voluptuosidad bajo las arañas. Pero, en su aislamiento de muchacha enclaustrada, ni siquiera habÃa oÃdo el libre comadreo de las vecinas, el juramento de un carretero que fustiga a sus caballos. No tenÃa en los oÃdos otras músicas que los cánticos sagrados, el fragor de los órganos, el balbuceo de los rezos con los que vibraba entera la casita fresca al costado de la vieja iglesia.
El abad, después de enjugar las orejas con un copo de algodón, lo metió en uno de los cucuruchos de papel blanco.
Después, Monseñor pasó a los orificios de la nariz, el derecho, el izquierdo, iguales a dos pétalos de rosa blanca, que su pulgar purificaba con la señal de la cruz.