El sueño

El sueño

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Monseñor meditaba, posados de nuevo los ojos sobre Angélique, asegurándose de que su leve respiración no había cesado. Se seguía protegiendo de toda emoción humana, al verla tan delgada, bella como un ángel, inmaterial ya. Su pulgar no tembló cuando lo bañó suavemente en los santos óleos y empezó las unciones sobre las cinco partes del cuerpo en las que residen los sentidos, las cinco ventanas por las que el mal entra en el alma.

Primero sobre los ojos, sobre los párpados cerrados, el derecho y el izquierdo; y el pulgar trazó levemente la señal de la cruz.

Per istam sanctam unctionem, et suam piissimam misericordiam, indulgeat tibi Dominus quidquid per visum deliquisti[154]

Y los pecados de la vista quedaban reparados, las miradas lascivas, las curiosidades deshonestas, las vanidades de los espectáculos, las lecturas reprobables, las lágrimas derramadas por penas culpables. Sin embargo, ella no conocía más libro que la Leyenda, ni más horizonte que el ábside de la catedral, que le ocultaba el resto del mundo. Y sólo había llorado en la lucha de la obediencia contra la pasión.

El abad Cornille cogió uno de los copos de algodón, secó con él los dos párpados y luego lo introdujo en uno de los cucuruchos de papel blanco.


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