El sueño
El sueño En el rellano, se seguía oyendo llorar a Félicien con grandes llantos, en el nerviosismo de la esperanza. Hubert y Hubertine rezaban, con el mismo gesto elevado y temeroso, como si hubieran sentido descender las omnipotencias desconocidas. Se había producido una interrupción, un balbuceo de rezos. Y ahora, se desarrollaban las letanías del ritual, la invocación a los santos y a las santas, la grandeza de los Kyrie eleison[153] llamando a todo el cielo en ayuda de la miserable humanidad.
Luego, repentinamente, las voces callaron y se hizo un profundo silencio. Monseñor se lavaba los dedos con las pocas gotas de agua que el abad le vertía del aguamanil. Finalmente, volvió a coger el recipiente de los santos óleos, le quitó la cobertera y fue a colocarse delante de la cama. Era la solemne aproximación del sacramento, de aquel último sacramento cuya eficacia borra todos los pecados, mortales o veniales, no perdonados, que siguen en el alma después de recibir los demás sacramentos: antiguos restos de pecados olvidados, pecados cometidos sin saberlo, pecados de indolencia que no hubieran permitido restablecerse firmemente en la gracia de Dios. Pero ¿dónde encontrarlos, esos pecados? ¿Venían, pues, del exterior, en aquel rayo de sol, con las partículas danzarinas que parecían llevar gérmenes de vida hasta el regio, blanco y frío lecho de muerte de una virgen?