El sueño
El sueño No se apresuraba. La muerte estaba allí entre las cortinas de vieja tela persa; pero sentía que no tenía prisa, que esperaría. Aunque, en el aniquilamiento de su ser, la muchacha no pudiera oírle, monseñor le habló, le preguntó:
—¿No hay nada en su conciencia que le cause pena? Confiese sus tormentos, desahóguese, hija mía.
Estirada, guardaba silencio. Después de darle en vano tiempo para responder, empezó la exhortación con la misma voz plena, como si no supiera que ni una de sus palabras llegaba a ella.
—Medite, pida perdón a Dios en lo más profundo de su alma. El sacramento va a purificarla y a darle nuevas fuerzas. Sus ojos se volverán claros; sus oídos, castos; su nariz, fresca; su boca, santa; sus manos, inocentes…
Dijo hasta el final lo que había que decir, fijos los ojos sobre ella, que apenas respiraba; no se movía ni una pestaña de sus párpados cerrados. A continuación, ordenó:
—Recite el símbolo.
Tras una breve espera, lo recitó él mismo.
—Credo in unum Deum[152]…
—Amen —contestó el abad Cornille.