El sueño
El sueño Saltaron unas gotas que refrescaron la espaciosa cama como un rocío. Llovieron sobre los dedos y sobre las mejillas; pero, una a una, resbalaban como sobre un mármol insensible. El obispo se volvió entonces hacia los presentes y los roció a su vez. Hubert y Hubertine, arrodillados uno junto al otro en su necesidad de fe ardiente, se inclinaron bajo el aguacero de aquella bendición. El obispo bendecía también la habitación, los muebles, las paredes blancas, toda aquella blancura desnuda, cuando, al pasar cerca de la puerta, se encontró frente a su hijo postrado en el umbral, que sollozaba en sus manos ardientes. Con gesto lento, levantó tres veces el hisopo y lo purificó con una lluvia suave. Aquella agua bendita, así esparcida por todas partes, era para ahuyentar primero a los malos espíritus, que vuelan, invisibles, por millones. En ese momento, un pálido rayo de sol invernal se deslizaba hasta la cama; y todo un vuelo de átomos, de ágiles partículas de polvo, parecía habitar allí, innumerables, caídas de un ángulo de la ventana como para bañar con su tibia multitud las frías manos de la moribunda.
De nuevo ante la mesa, monseñor dijo la oración:
—Exaudi nos…[151]