El sueño
El sueño Monseñor acababa de depositar sobre la mesa blanca, entre los dos cirios, los santos óleos, trazando en el aire la señal de la cruz con el recipiente de plata. A continuación, cogió el crucifijo de manos del abad y se acercó a la enferma para que lo besara. Pero Angélique seguía inconsciente, con los párpados cerrados, las manos tensas, igual que las delgadas y rígidas figuras yacentes de piedra de los sepulcros. Durante un instante, la miró, observó, por el leve soplo de su respiración, que no estaba muerta y le puso el crucifijo en los labios. Esperaba; su rostro conservaba la majestad del ministro de la penitencia y ninguna emoción humana se manifestó en él cuando comprobó que ni la menor vibración había recorrido el fino perfil ni los cabellos de luz. Sin embargo, vivía y eso era suficiente para la redención de los pecados.
Entonces, monseñor recibió del abad el acetre[149] y el hisopo; y, mientras éste le presentaba el ritual abierto, lanzó agua bendita sobre la moribunda leyendo las palabras latinas:
—Asperges me, Domine, hyssopo, et mundabor; lavabis me et super nivem dealbabor[150]