El sueño
El sueño —Si Dios quiere, yo quiero.
Félicien se sintió atravesado por un gran escalofrío. Su padre consentía, descargado de su voluntad, sometido a la buena voluntad del milagro. Ellos ya no existían; Dios actuaría. Las lágrimas le cegaron, mientras que monseñor tomaba en la sacristía los santos óleos de manos del abad Cornille. Los acompañó, fuera de sí, pero no se atrevió a entrar en la habitación, postrado de rodillas en el rellano ante la puerta abierta de par en par.
—Pax huic domui.
—Et ómnibus habitantibus in ea.