El sueño

El sueño

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Monseñor rezó hasta la noche. Cuando volvió a aparecer, estaba blanco como la cera, desgarrado y, sin embargo, resuelto. Él nada podía hacer; repitió la palabra terrible: ¡Jamás! Era Dios sólo quien podía liberarle de su palabra; y Dios, al que había implorado, callaba. Había que sufrir.

Pasaron dos días, Félicien merodeaba delante de la casita, loco de dolor, al acecho de noticias. Cada vez que salía alguien, desfallecía de temor. Y fue así como, la mañana en que Hubertine corrió a la iglesia a pedir los santos óleos, supo que Angélique no pasaría de aquel día. Como el abad Cornille no estaba allí, recorrió la ciudad para encontrarle, depositando en él una última esperanza de socorro divino. Luego, cuando le llevó consigo, su esperanza se desvaneció y cayó en una crisis de duda y de rabia. ¿Qué hacer? ¿Cómo obligar al cielo a intervenir? Se escapó, forzó de nuevo las puertas del Obispado; por un momento, ante la incoherencia de sus palabras, el obispo sintió miedo. Luego, comprendió: Angélique agonizaba, esperaba la extremaunción; Dios sólo podía salvarla. El muchacho no había ido más que para gritarle su pena, romper con aquel padre abominable y echarle en cara su crimen. Pero monseñor le escuchaba sin cólera, con los ojos bruscamente iluminados por un rayo, como si una voz hubiese hablado al fin. Hizo una señal a Félicien para que caminara delante y él le siguió diciendo:


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