El sueño
El sueño Cuando estuvo solo, monseñor, como herido por un cuchillo clavado en pleno pecho, giró sobre sí mismo y se desplomó, de rodillas, en el reclinatorio. Un horrible estertor salía de su garganta. ¡Ah! ¡Las miserias del corazón, las invencibles debilidades de la carne! Aquella mujer, aquella muerta siempre resucitada, la adoraba como la primera noche, cuando besó sus pies blancos; a su hijo lo adoraba como a una dependencia de ella misma, como a una parte de su vida que ella le había dejado; y a aquella muchacha, aquella pequeña obrera a la que rechazaba, también la adoraba, con la misma adoración que su hijo sentía por ella. Ahora, los tres se desesperaban por las noches. Sin confesárselo a sí mismo, en la catedral ella le había conmovido, la pequeña bordadora tan sencilla, con sus cabellos dorados y su fresca nuca que olía a juventud. La volvía a ver pasar, delicada, pura, con una irresistible sumisión. Ningún remordimiento hubiera penetrado en él con paso más firme ni más conquistador. Podía rechazarla en voz alta, pero ahora sabía perfectamente que ella ocupaba su corazón con sus humildes manos estropeadas por la aguja. Mientras Félicien le suplicaba violentamente, él había visto, detrás de su cabeza rubia, a las dos mujeres adoradas, la que él lloraba y la que se estaba muriendo por su hijo. Destrozado, sollozando, sin saber dónde recobrar la tranquilidad perdida, pedía al cielo que le diera valor para arrancarse el corazón, puesto que ese corazón ya no era de Dios.