El sueño
El sueño La ceremonia había terminado. Monseñor se lavaba los dedos antes de rezar la oración final. Sólo le faltaba exhortar a la moribunda, poniéndole en la mano el cirio simbólico para ahuyentar a los demonios y demostrar que acababa de recobrar la inocencia del bautismo. Pero ella permanecía rígida, con los ojos cerrados, muerta. Los santos óleos habían purificado su cuerpo; las señales de la cruz dejaban sus huellas en las cinco ventanas del alma, sin conseguir que subiera otra vez a sus mejillas una ola de vida. Implorado, esperado, el prodigio no se había realizado.
Hubert y Hubertine, que seguían arrodillados uno junto a otro, ya no rezaban; miraban con sus ojos fijos con tanto ardor que se diría que estaban inmovilizados los dos para siempre, como las figuras de donantes que esperan la resurrección en el rincón de una antigua vidriera. Félicien se había arrastrado sobre sus rodillas y estaba ahora en la misma puerta; había dejado de sollozar y levantaba, también él, la cabeza, para ver, furioso porque Dios no escuchaba.
Por última vez, monseñor se acercó a la cama, seguido del abad Cornille, que sostenía, encendido, el cirio que debían ponerle en la mano a la enferma. Y el obispo, obstinado en ir hasta el final del rito para darle a Dios tiempo de actuar, pronunció la fórmula: