El sueño
El sueño —Accipe Lampadem ardentem, custodi unctionem tuam, ut cum Dominus ad judicandum venerit, possis occurrere ei cum omnibus sanctis, et vivas in saecula saeculorum.[155]
—Amen —respondió el abad.
Pero cuando intentaron abrir la mano de Angélique y apretarla en torno al cirio, la mano inerte volvió a caer sobre el pecho.
Entonces, monseñor fue presa de un gran temblor. Era la emoción, durante tanto tiempo combatida, que desbordaba en él y arrastraba las últimas rigideces del sacerdocio. Él había amado a aquella muchacha desde el día en que había ido a sollozar a sus pies. En aquel momento, movía a compasión, con aquella palidez sepulcral, con una belleza tan dolorosa que él ya no dirigía sus miradas hacia la cama sin que su corazón se viera secretamente inundado de pena. Dejó de contenerse: dos grandes lágrimas hincharon sus párpados y resbalaron por sus mejillas. No podía morir de aquella manera; él estaba derrotado por su encanto en la muerte.
Monseñor recordó los milagros de su estirpe, aquel poder de curar que el cielo les había concedido, y pensó que Dios sin duda esperaba su consentimiento de padre. Invocó a santa Inés, ante la cual todos los suyos habían practicado sus devociones y, como Jean V de Hautecoeur, que iba a rezar a la cabecera de los apestados y a besarlos, rezó y besó a Angélique en la boca.