El sueño
El sueño —Si Dios quiere, yo quiero.
Inmediatamente, Angélique abrió los ojos. Le miraba sin sorpresa, despierta de su largo desvanecimiento; sus labios, tibios por el beso, sonreían. Eran cosas que debían suceder; quizás acababa ella de soñarlas una vez más y le pareciera natural que monseñor estuviera allí para prometerla a su hijo, puesto que había llegado la hora. Se sentó por sí misma en medio de la espaciosa y regia cama.
El obispo, que tenía en la mirada la claridad del prodigio, repitió la fórmula:
—Accipe lampadem ardentem…
—Amen —respondió el abad.
Angélique había cogido el cirio encendido y, con mano firme, lo mantenía recto. La vida había vuelto, la llama ardía muy clara, ahuyentando a los espíritus de la noche.