El sueño
El sueño Un fuerte grito atravesó la habitación. Félicien estaba de pie, como levantado por el viento del milagro; mientras, los Hubert, desconcertados por el mismo soplo, seguían arrodillados, con los ojos abiertos de par en par, embelesados ante lo que acababan de ver. La cama les había parecido estar rodeada de una vivísima luz; unas blancuras seguían ascendiendo en el rayo de sol, semejantes a plumas blancas; y las blancas paredes, toda la habitación blanca, conservaban un resplandor de nieve. En medio, como una azucena reavivada y enderezada sobre su tallo, Angélique desprendía esa claridad. Sus cabellos de oro fino la rodeaban con una aureola, sus ojos de color violeta lucían divinamente, todo un brillo de vida irradiaba de su rostro puro. Y Félicien, al verla curada, anonadado por aquella gracia que el cielo les concedía, se acercó y se arrodilló junto a la cama.
—¡Ay! Alma mía, nos reconoce, vive… Soy suyo, mi padre lo quiere así, puesto que Dios lo ha querido.
Ella inclinó la cabeza y sonrió alegremente.
—¡Oh! Lo sabía, esperaba… Todo cuanto he visto debe suceder.