El sueño
El sueño Luego, hubo otras dos horas de pompa soberana, la misa cantada, con las incensaciones. El celebrante había aparecido, vestido con la casulla blanca, acompañado del maestro de ceremonias, de dos turiferarios que portaban el incensario y la naveta, y de dos acólitos que llevaban los grandes candelabros de oro encendidos. La presencia de monseñor complicaba el ritual, los saludos, los besos. A cada minuto, inclinaciones y genuflexiones hacían batir las alas de las sobrepellices. En las viejas sillas del coro, florecidas de esculturas, todo el capítulo se ponía en pie; y, en otros momentos, se producía como un aliento del cielo que prosternaba de golpe al clero, cuya multitud llenaba el ábside. El celebrante cantaba en el altar. Se callaba e iba a sentarse, mientras que el coro, a su vez, proseguía durante largo rato con frases graves de sochantre, notas finas de monaguillo, leves, aéreas como flautas de arcángel. Se elevó una voz muy bella, muy pura, una voz de muchacha deliciosa de escuchar, la voz, según decían, de la señorita Claire de Voincourt, que había querido cantar en aquellas bodas del milagro. Los órganos que la acompañaban emitían un largo suspiro conmovido, una serenidad de alma buena y feliz. Se producían bruscos silencios, y luego los órganos estallaban de nuevo en un fragor formidable, mientras que el maestro de ceremonias volvía a traer a los acólitos con sus candelabros y conducía a los turiferarios ante el celebrante, que bendecía el incienso de las navetas. En todo momento, subían los vuelos de incensario, con el vivo centelleo y el ruido argentino de las cadenitas. Una nube olorosa teñía de azul el aire; se incensaba al obispo, al clero, el altar, el Evangelio, cada persona y cada cosa a su vez, hasta las masas profundas del pueblo, con tres movimientos, a derecha, a izquierda, y al frente.