El sueño
El sueño Los órganos clamaron entonces de gozo detrás del abad Cornille, que se retiraba con los clérigos. Monseñor, inmóvil en su majestad, descendía sobre la pareja su mirada de águila, muy dulce. Todavía arrodillados, los Hubert levantaban la cabeza, cegados por lágrimas de felicidad. Y la retumbante frase de los órganos resonó y se perdió en una granizada de pequeñas notas agudas que llovían bajo las bóvedas, semejantes al canto matinal de la alondra. Un largo temblor, un rumor conmovido había agitado la muchedumbre de los fieles, apiñada en la nave central y en las colaterales. La iglesia, engalanada con flores, centelleante de cirios, resplandecía con la alegría del sacramento.