El sueño
El sueño Después de bajar del altar, el abad Cornille pronunció la exhortación con voz amiga. Puso como ejemplo el matrimonio que Jesús había celebrado con la Iglesia, habló del futuro, de los días por vivir en la fe, de los hijos que deberían educar como cristianos; entonces, frente a esa esperanza, Angélique sonrió de nuevo; mientras que Félicien, junto a ella, se estremecía pensando en toda esa felicidad que ahora creía ya segura. Luego vinieron las preguntas del ritual, las respuestas que vinculan para toda la existencia, el «sí» decisivo que ella pronunció emocionada, desde el fondo de su corazón, y que él dijo en voz más alta, con tierna gravedad. Lo irrevocable estaba hecho, el sacerdote había puesto sus respectivas manos derechas la una en la otra, murmurando la fórmula: Ego conjungo vos in matrimonium, in nomine Patri, et Filii, et Spiritus sancti.[162] Pero quedaba por bendecir el anillo, que es el símbolo de la fidelidad inviolable, de la eternidad del vínculo; y esto duró un buen rato. En el recipiente de plata, encima del anillo de oro, el sacerdote agitaba el hisopo dibujando la forma de la cruz. Benedic, Domine, annulum hunc… Después, lo presentó al esposo para manifestarle que la Iglesia sellaba y lacraba su corazón, en el que ninguna otra mujer debía entrar ya; y el esposo lo puso en el dedo de la esposa para mostrarle a su vez que, a partir de ese momento, era el único entre los hombre que existía para ella. Era la unión estrecha, sin fin, el signo de dependencia que ella llevaría, que le recordaría constantemente la fe prometida; era también la promesa de una larga sucesión de años en común, como si aquel arito de oro los uniera hasta la tumba. Pasadas las oraciones finales, mientras el sacerdote los exhortaba una vez más, Angélique mostraba su clara sonrisa de renuncia, ella que sabía.