El sueño
El sueño Angélique habÃa querido que la casara el buen abad Cornille y, cuando le vio avanzar con sobrepelliz, con la estola blanca, seguido de dos clérigos, sonrió. Era, por fin, la realización de su sueño; se casaba con la fortuna, la belleza, el poder, más allá de toda esperanza. La iglesia cantaba por medio de sus órganos, brillaba en sus cirios, vivÃa a través de su pueblo de fieles y de sacerdotes. Jamás la antigua nave habÃa resplandecido con una pompa más soberana, como engrandecida, en su lujo sagrado, con una expansión de felicidad. Y Angélique sonreÃa, consciente de que llevaba la muerte en ella, en medio de aquella alegrÃa que celebraba su victoria. Al entrar, acababa de dirigir una mirada a la capilla Hautecoeur donde dormÃan Laurette y Balbine, las Muertas Dichosas, arrebatadas en su juventud y en plena felicidad de amor. En aquella hora postrera, estaba perfecta, victoriosa de su pasión, enmendada, renovada, sin tener ni siquiera el orgullo del triunfo, resignada a aquella elevación de su ser, en el hosanna[161] de su gran amiga, la catedral. Cuando se arrodilló, lo hizo como servidora muy humilde y muy sumisa, totalmente limpia del pecado original; y también se sentÃa muy feliz por su renuncia.