El sueño

El sueño

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Entonces dio comienzo la solemnidad. Todo el clero estaba presente: habían venido sacerdotes de las parroquias para honrar a su obispo. En aquel blanco mar de sobrepellices que sobresalían de las rejas, brillaban las capas de oro de los sochantres y las faldas rojas de los monaguillos. La eterna noche de las naves laterales, bajo el aplastamiento de las capillas románicas, se iluminaba aquella mañana con el limpio sol de abril, que encendía las vidrieras, en las que lucía una brasa de pedrerías. Pero la sombra de la nave, sobre todo, llameaba con un hormigueo de cirios, cirios tan numerosos como las estrellas en un cielo de verano: en el centro, incendiaban el altar mayor, la zarza ardiente simbólica que se inflamaba con el fuego de las almas; y también los había en las antorchas, en los hachones, en las arañas; ante los novios, dos grandes candelabros de brazos redondos lucían como dos soles. Macizos de plantas verdes convertían el coro en un jardín vivaz en el que florecían unos grandes ramos de azaleas blancas, de camelias blancas y de lilas blancas. Hasta el fondo del ábside, resplandecían unos reflejos de oro y de plata, unos lienzos entrevistos de terciopelo y de seda, un deslumbramiento lejano de tabernáculo entre las plantas. Por encima de ese centelleo se alzaba la nave, los cuatro enormes pilares del crucero se elevaban para sostener la bóveda, en el soplo tembloroso de los miles de llamitas que causaban un estremecimiento bajo la plena luz de las altas ventanas góticas.


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