El sueño
El sueño Dos sillones de terciopelo carmesí esperaban a Félicien y a Angélique ante el altar; detrás de ellos, mientras los órganos ampliaban su frase de bienvenida, Hubert y Hubertine se arrodillaron en los reclinatorios destinados a la familia. La víspera, habían sentido una inmensa alegría que los tenía frenéticos, sin encontrar suficientes acciones de gracias por la felicidad de ellos dos, que se sumaba a la de su hija. Hubertine, que había ido al cementerio una vez más, pensando con tristeza en su soledad y la de la casita vacía cuando aquella hija amada ya no estuviera allí, había suplicado durante mucho tiempo a su madre; y, de repente, una impresión la había hecho ponerse en pie, temblorosa, satisfecha al fin. Desde el fondo de la tierra, después de treinta años, la muerta obstinada los perdonaba, les enviaba el hijo del perdón, deseado y esperado con tanto ardor. ¿Era la recompensa por su caridad, por aquella pobre y miserable criatura recogida en un día de nevada en la puerta de la catedral, casada ahora con un príncipe con toda la pompa de las grandes ceremonias? Los dos seguían arrodillados, sin rezar, sin pronunciar palabra alguna, radiantes de gratitud, exhalando todo su ser un agradecimiento infinito. Y, desde el otro lado de la nave, en su silla episcopal, también Monseñor estaba con la familia, lleno de la majestad del Dios al que representaba: resplandecía en la gloria de sus sagradas vestiduras, con una grandeza serena en el rostro, libre de las pasiones de este mundo; mientras que los dos ángeles del panel bordado, colocado por encima de su cabeza, sostenían las deslumbrantes armas de los Hautecoeur.