El sueño
El sueño A las diez, sonaron los órganos. Angélique y Félicien entraban, caminando con pasos cortos hacia el altar mayor entre las apretadas hileras del gentío. Un suspiro de afectuosa admiración hizo ondular las cabezas. Él, muy emocionado, pasaba altivo y serio, con su belleza rubia de joven dios, adelgazado aún más por la severidad del traje negro. Pero ella, sobre todo, elevaba los corazones, tan adorable, tan divina, con el encanto misterioso de una visión. Su vestido era de muaré[158] blanco, cubierto simplemente con viejos encajes de Malinas[159] que retenían unas perlas, unos cordones de perlas finas que dibujaban las guarniciones de la blusa y los volantes de la falda. Un velo de antiguo punto de Inglaterra[160], sujeto a la cabeza por una triple corona de perlas, la cubría hasta los talones. Y nada más, ni una flor, ni una joya, nada más que aquella ola ligera, aquella nube temblorosa que parecía colocar en un aleteo su pequeña y dulce figura de virgen de vidriera, con ojos de color violeta y cabellos de oro.