El sueño

El sueño

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En la ciudad alta, las campanas sonaban desde hacía una hora, como en las grandes fiestas. El sol había salido, radiante. Era una límpida mañana de abril, un aguacero de rayos primaverales al que daban vida las sonoras llamadas que habían puesto en pie a los habitantes. Todo Beaumont estaba alborozado con la boda de la pequeña bordadora, a la que desposaban todos los corazones. Aquel hermoso sol que acribillaba las calles era como la lluvia de oro, las limosnas de los cuentos de hadas que fluían de sus frágiles manos. Y, bajo aquella alegría de la luz, el gentío se dirigía en masa hacia la catedral, llenando las naves colaterales, desbordando por la plaza del Claustro. Allí se erguía la gran fachada como un ramo de piedra muy florido, del gótico más adornado, por encima de los severos cimientos románicos. En las torres seguían sonando las campanas y la fachada parecía ser la gloria misma de aquellas bodas, la elevación de la muchacha pobre a través del milagro, todo cuanto se alzaba y llameaba, junto con el encaje calado, la floración de lilas de las columnitas, de las balaustradas, de las arquerías, de las hornacinas de santos coronadas por doseles, de los aguilones[157] calados en forma de trébol, adornados con crucecitas y florones, de los inmensos rosetones, que desarrollaban la mística proyección de sus parteluces.



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