El sueño
El sueño Aquella mañana, despierta antes que los demás, Angélique sufrió en su espaciosa cama un momento de desfallecimiento desesperado y tuvo miedo de no poder tenerse en pie. Lo intentaba y sentía que sus piernas se doblaban; desmintiendo la valiente serenidad que mostraba desde hacía semanas, una terrible angustia, la última, conmovió todo su ser. Luego, en cuanto vio entrar a Hubertine alegre, se sorprendió de caminar, porque ya no eran sus fuerzas; seguramente le llegaba una ayuda de lo invisible, la llevaban unas manos amigas. La vistieron; ya no pesaba nada, era tan liviana que su madre manifestó, bromeando, su extrañeza y le dijo que no se moviera mucho si no quería salir volando. Durante todo el tiempo que tardaron en vestirla, la casita fresca de los Hubert que vivía al costado de la catedral se estremeció con el enorme soplo de la gigante, que ya bullía con la ceremonia, la actividad febril del clero y los repiques de campanas sobre todo, un continuo movimiento de alborozo que hacía vibrar las viejas piedras.