El sueño

El sueño

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Al fin, la víspera del gran día, todo estaba preparado. Félicien había adquirido, detrás del Obispado, en la calle Magloire, un antiguo hotel que acababan de amueblar suntuosamente. Había grandes habitaciones, adornadas con admirables colgaduras, llenas de los muebles más preciosos, un salón con viejos tapices, un saloncito azul, de una dulzura de cielo matinal y, sobre todo, un dormitorio, un nido de seda blanca y de encaje blanco, nada más que blanco, ligero, elevado, el temblor mismo de la luz. Pero Angélique, a la que debía ir a recoger un coche, se había negado repetidamente a visitar aquellas maravillas. Escuchaba su descripción con una sonrisa encantada, pero no impartía ninguna orden, no quería ocuparse para nada de los arreglos. No, no, aquello ocurría muy lejos, en aquella parte desconocida del mundo que ella seguía ignorando. Puesto que aquéllos que la amaban le preparaban esa felicidad con tanto cariño, ella deseaba entrar en ella como una princesa venida de los países quiméricos que llegase al verdadero reino en el que iba a reinar. Asimismo, se negaba a ver la canastilla, que también estaba allí, el ajuar de ropa fina bordada con su inicial de marquesa, los vestidos de gala cargados de bordados, las joyas antiguas, todo un pesado tesoro de catedral, y las alhajas modernas, prodigios de delicada montura, brillantes cuya lluvia sólo mostraba su agua pura. Bastaba para la victoria de su sueño que aquella fortuna la esperase en su casa, radiante en la realidad próxima de la vida. La misma mañana de la boda tan sólo le llevaron el vestido de novia.


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