El sueño
El sueño En ese momento la catedral entera exultó. Los órganos iniciaron la marcha triunfal, en un resplandor de rayo tan grande que hizo temblar el viejo edificio. Vibrante, la multitud estaba en pie y se alzaba para ver; algunas mujeres se subían a las sillas, había hileras apretadas de cabezas hasta el fondo de las oscuras capillas de las naves colaterales; y todo ese pueblo sonreía, con el corazón acelerado. En aquel adiós final, los miles de cirios parecían arder más arriba, alargando sus llamas, lenguas de fuego que hacían vacilar las bóvedas. Un último hosanna del clero ascendía, entre las flores y las plantas, en medio del lujo de los ornamentos y de los vasos sagrados. De repente, bajo los órganos, la puerta principal, abiertas sus dos hojas, agujereó el muro sombrío con una capa de pleno día. Era la clara mañana de abril, el vivo sol de primavera, la plaza del Claustro con sus alegres casas blancas; y allí esperaba a los novios otra multitud más numerosa todavía, con una simpatía más impaciente, agitada ya con gestos y aclamaciones. Los cirios habían palidecido y los órganos cubrían con su estruendo los ruidos de la calle.