El sueño
El sueño Una hora después, Hubert merodeaba alrededor de la tienda de la señora Sidonie. Vislumbró allí a una mujer delgada, pálida, sin edad ni sexo, que llevaba un vestido negro raído, manchado de todo tipo de negocios turbios. El recuerdo de su hija, nacida de un azar, no había debido caldear nunca aquel corazón de intermediaria. Se informó discretamente y se enteró de cosas que no repitió a nadie, ni siquiera a su mujer. Sin embargo, seguía dudando y volvió a pasar una vez más delante de la estrecha tienda misteriosa. ¿No debía darse a conocer y obtener su consentimiento? Era él, un hombre honrado, quien tenía que juzgar si tenía derecho a cortar así, para siempre, aquel vínculo. De repente, se dio media vuelta y regresó a Beaumont esa misma noche.
Precisamente Hubertine acababa de enterarse por el señor Grandsire de que se había firmado el atestado para la tutela oficiosa. Cuando Angélique se echó en brazos de Hubert, éste comprendió perfectamente, por la interrogación suplicante de sus ojos, que ella había entendido cuál era el verdadero motivo del viaje. Entonces, le dijo simplemente:
—Hija mía, tu madre murió.
Llorando, Angélique los abrazó apasionadamente. Nunca más se volvió a hablar de aquello. Era su hija.