El sueño

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El taller, cuyas ventanas daban al jardín, era una gran habitación que se conservaba casi intacta en su estado primitivo. Las dos vigas maestras y los tres tramos de viguetas vistas del techo ni siquiera habían sido encalados y, muy ahumados, carcomidos por los gusanos, dejaban ver los listones de las bovedillas bajo los boquetes de la escayola. Uno de los modillones[53] de piedra que sostenían las vigas llevaba la fecha de 1463, seguramente la de su construcción. La chimenea, también de piedra, fragmentada y disgregada, conservaba su sencilla elegancia, con sus montantes[54] alargados, sus repisas, su campana terminada en un remate; en el friso se podía distinguir aún, como borrada por la edad, una escultura ingenua, un san Claro, patrono de los bordadores. Pero la chimenea ya no se utilizaba y el hogar había sido transformado en armario abierto colocando tablas sobre las que se apilaban los dibujos. Lo que ahora calentaba la habitación era una estufa, una gran campana de hierro cuyo tubo, después de recorrer el techo, atravesaba la campana de la chimenea. Las puertas, ya desajustadas, eran de la época de Luis XIV. Las tablas del viejo parqué se seguían pudriendo entre las chapas más recientes que se habían ido añadiendo, una a una, en cada agujero. Hacía casi cien años que la pintura amarilla de las paredes resistía, desteñida en la parte superior, arañada por abajo, manchada de salitre. Todos los años se hablaba de volver a pintar sin conseguir tomar una decisión por horror al cambio.


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