El sueño
El sueño —¡Madre, madre, ¿qué dice usted?…! Entonces, ¿tengo yo la culpa de que me guste lo que es hermoso y rico? Le amo porque es hermoso, porque es rico, y porque me da calor, me parece, aquí, en el corazón… Sabe usted muy bien que no soy interesada… El dinero, ya vería usted lo que haría yo con el dinero, si tuviera mucho. Llovería dinero en la ciudad, caería a raudales en casa de los pobres. ¡Una verdadera bendición, no más miseria! Primero, los enriquecería a usted y a mi padre, me gustaría verles con vestidos y trajes de brocado, como una dama y un señor de antaño.
Hubertine se encogió de hombros:
—¡Estás loca!… Hija mía, tú eres pobre, no tendrás ni un céntimo cuando te cases. ¿Cómo puedes soñar con un príncipe? Entonces, ¿te casarías con un hombre más rico que tú?
—¡Ya lo creo que me casaría con él!
Y ponía una cara de profunda estupefacción:
—¡Claro que sí, que me casaría con él!… Puesto que él tendría dinero, ¿para qué tenerlo yo? Le debería todo y por eso aún le querría más.
Aquel razonamiento victorioso le encantó a Hubert. Acompañaba con facilidad a la muchacha sobre el ala de una nube. Exclamó:
—Tiene razón.
Pero su mujer le dirigió una mirada disgustada. Se puso seria: